¿Por qué corremos hasta que nos duele?

¿Por qué alguien querría correr cientos de kilómetros a través de un desierto? Es una buena pregunta y una a la que muchos se enfrentan cuando completan el Ultra Gobi, una carrera a pie de 400 kilómetros en China.

Pero por sobre todo ¿Por qué alguien lo haría de nuevo? Con moderación, correr mejora tanto tu salud como tu físico; pero practicado en extremo hace todo lo contrario.

Los pies se ampollan y se hinchan hasta el punto en que se requieren múltiples pares de zapatos en tallas ascendentes. Las uñas de los pies se vuelven negras y se caen o, peor aún, se llenan de líquido y requieren punción.

Las fracturas por sobrecarga son habituales. Los tendones se inflaman, provocando dolores punzantes en la pierna con cada paso agonizante.

Los músculos se agarrotan, se acalambran de forma impredecible y eventualmente se consumen, dejando una apariencia demacrada. Pero el efecto más grande es menos visible: la mente, desconcertada por la falta de sueño y las constantes batallas con el cuerpo, comienza a perder el control de la realidad.

Las alucinaciones son comunes. Las emociones pueden oscilar de la euforia a la ira y la melancolía en rápida sucesión.

El habla se torna difícil; la planificación, las decisiones racionales y la navegación precisa son casi imposibles. No es, por definición, algo placentero. Entonces, ¿por qué cada vez más personas pagan por experimentarlo?

Afortunadamente, esta es una cuestión que los académicos de la Universidad de Cardiff han intentado abordar.

Su investigación enfrenta el aparente enigma de que por un lado los consumidores gastan miles de millones de dólares cada año para aliviar diferentes tipos de dolor, mientras que por el otro millones de individuos participan en actividades recreativas extremadamente dolorosas.

La premisa del estudio implica que, a diferencia de muchos deportes y actividades donde el dolor es un riesgo al que los participantes están dispuestos a exponerse, en el deporte de resistencia el dolor es una parte esencial del atractivo.

Incluso una breve conversación con la mayoría de los ultrarrunners es suficiente para confirmarlo. Las carreras son descritas como “brutales” y “salvajes”, y el sufrimiento es discutido con regocijo.

En primer lugar, el dolor nos hace más conscientes de nuestro propio cuerpo -o, en los términos del estudio, nos permite “redescubrir nuestra corporalidad… a través de la intensificación sensorial”.

En un mundo en el que nuestros cuerpos han dejado de ser herramientas útiles para la supervivencia tal vez no sea de extrañar que haya surgido alguna forma de desconexión.

Para el trabajador de oficina frustrado y sedentario, para el ama de casa, para el cerrajero Guinardo profesional con una vida citadina, la intensificación sensorial -ya sea a través del dolor autoinfligido o drogas- representa una oportunidad de evasión.

De ello se deduce que la popularidad de los ultramaratones está estrechamente ligada al confort de la vida moderna y a la necesidad de rebelarse ante el mismo.

Esta hipótesis también ayuda a explicar la abundancia de adictos y personas depresivas que han sido rehabilitados mediante el deporte.

El alcohol tiende a ser la solución preferida de nuestra sociedad, aunque comer compulsivamente, los antidepresivos y en última instancia el suicidio también son conductas asociadas.

En este contexto, el Ultra Gobi comienza a parecer bastante más benigno que sus alternativas.